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¿Hay soluciones fáciles para América Latina?

Buenos Aires, Argentina.- Gustavo Ferrari Wolfenson

 

En tono de franca frustración, el famoso Wall Street Journal publicó hace unos días un artículo preguntándose “¿Qué hacer con América Latina?”. El texto destaca la opinión de especialistas estadounidenses sobre Latinoamérica, quienes señalan que, después de haber aplicado las recetas de democratización y liberalización de mercados, “nos hemos quedado sin respuestas fáciles” para superar la crisis de la región. ¡Qué barbaridad!

Ante estos comentarios surge la pregunta: ¿Quién les dijo que existían soluciones fáciles? El problema de América Latina es precisamente creer que existe una manera cómoda de superar su desarrollo. ¡Las respuestas fáciles nunca debieron haber existido!

Nuestra región solo podrá combatir su atraso con éxito si enfrenta sin temor las preguntas difíciles y les da respuestas concretas, aún si estas resultan dolorosas.

¿Acaso es fácil aceptar que, mientras no produzcamos bienes y servicios mejor que nuestros competidores globales, los latinoamericanos tendremos que recibir menos ingresos? ¿Acaso es fácil asumir el costo político de realizar reformas económicas e institucionales profundas que afectan grandes intereses que no van a ceder pacíficamente? ¿Acaso es fácil lograr consensos entre los distintos poderes y niveles de gobierno para establecer una política industrial que haga frente a las estrategias de países avanzados (que sí las tienen)? ¿Acaso es fácil desenmascarar el chantaje de seudo-líderes sociales que se envuelven en la bandera de la marginación para seguir manipulando a la pobre gente que supuestamente representan? ¿Acaso es fácil decirle a un pueblo que, si no deja de pensar en repartir lo que no existe y se pone a crear cosas valiosas con su propia iniciativa, jamás va a salir de su pobreza? Por supuesto que no es fácil. ¡Pero hay que hacerlo!; y no de cualquier modo, sino con valentía y decisión.

La búsqueda de respuestas fáciles ha sido la perdición de nuestros pueblos. ¿Qué país desarrollado ha logrado un nivel de desarrollo a través de respuestas fáciles? ¿Japón? ¿Corea? ¿Alemania? ¿Estados Unidos? ¡Absolutamente ninguno! Todos ellos entendieron (unos hace mucho y otros más recientemente) que no queda otra alternativa que ponerse a trabajar con esfuerzo, desarrollando tecnología, generando consensos básicos sobre el desarrollo, mejorando la productividad por hora hombre y asumiendo con decisión el reto de la competencia global aplicando la ley sin reservas ni privilegios.

El chabacano experimento latinoamericano de salir por la puerta fácil ha demostrado que no sirve para nada. Lo grave es que, en nuestros pueblos, cuando no se cumplen las promesas, buscamos al siguiente que nos pueda prometer alguna otra salida fácil. Es uno de los derechos que da la democracia. Pero la democracia no garantiza que un pueblo haga lo que tiene que hacer para prosperar. De hecho, no sabemos valorar a quienes nos enfrentan a nuestra dolorosa realidad. Odiamos a quienes nos informan que no se va a poder crecer sin una buena dosis de esfuerzo adicional, y, más importante aún, sin un cambio radical en nuestra manera de entender la justicia económica.

Las leyes económicas —no las hipótesis o las ideologías— demuestran que sólo es posible un crecimiento sostenido a base de la producción de cosas o servicios que son útiles a los demás, de tal manera que estén dispuestos a darnos a cambio su dinero voluntariamente. Esas mismas leyes económicas indican que, si alguien es mejor que yo para hacer un producto, primero se va a vender lo que haga el otro, y hasta después lo que haga yo.

De esta forma, las leyes económicas implican que, aun cuando yo me esfuerce, si el de al lado me gana, el trofeo de la riqueza y el bienestar va a irse con el otro. No basta que cambie el juego (respuesta fácil). Hay que saber jugarlo (respuesta difícil, pues ahí el que tiene que cambiar es uno).

Cuando nos toca perder, resulta más tentadora la propuesta de repartir el premio del ganador entre los que pierden, que la de seguir luchando por ser el mejor. Pero eso no es justo para el que gana, y desmotiva cualquier esfuerzo por mejorar. Cuando el ánimo por ganar desaparece, lo único que queda es una masa de perdedores lamentando su condición, aunque conformes de ver que todos a su alrededor están en igual. ¡Vaya cultura!

Las respuestas reales son difíciles, pero eso no significa que no podamos generarlas. En nuestros países, por lo menos, la capacidad tradicional de aguantar abusos, miseria y dolor debería canalizarse hacia soportar el esfuerzo de aprender a ser mejores, de ser más honestos y responsables, y de producir más en el corto tiempo que tenemos de vida. Esta reorientación del sacrificio está más a tono con el funcionamiento de la economía mundial, y sin duda nos traería mayores satisfacciones. No es fácil; es cierto, pero de las respuestas fáciles, a estas alturas, ya debimos haber aprendido lo suficiente, como para no quererlas.