Reformas estructurales y populismo democrático

Por Gustavo Ferrari Wolfenson

Hace algunos semanas, impartiendo una conferencia en el Tecnológico de Monterrey sobre la problemática de nuestros países latinoamericanos, un asistente me hizo una pregunta la cual ya no recuerdo las veces que la he contestado en estos últimos años: ¿“Como se produjo la crisis económica de la Argentina en el 2001”?. Necesitaría más de un artículo para explicar todos los pormenores técnicos y políticos que derivaron dicha crisis pero la resumiría en pocas palabras: gasta lo que tienes y no lo que piensas que tienes.

Durante buen tiempo, como funcionario del gobierno de mi país, me tocó participar en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional para discutir el estado de la economía argentina, llámese deuda, reforma económica y política fiscal. Íbamos y corríamos a Washington con papeles y planes de diferentes ordenes y siempre volvíamos con el mismo comentario: “los está matando el federalismo”. ¿Qué querían decir estas palabras? Mientras el gobierno federal cumplía con puntualidad y moderación los ajustes correspondientes y las políticas de achique de la administración, los gobiernos provinciales, con su plena autonomía federal, se sobredimensionaban en el gasto, se seguían endeudando internamente y bajo la excusa de “si no hacemos esto, se nos incendia la provincia” seguían despilfarrando recursos y pidiendo luego al gobierno central el apoyo para sus finanzas. (Hubo pueblos en donde los salarios de los regidores eran más altos que los del propio Presidente de la Republica y superaban los ingresos genuinos de dicho municipio).

Cuando este apoyo no vino más, las provincias, optaron entonces, con todo su derecho federal, a emitir sus propias monedas en una suerte de letras al portador y con las cuales financiaban su déficit y deuda interna. Hubo un determinado momento en que, aparte de la moneda oficial, existieron en el país, 15 cuasi monedas emitidas por cada provincia las cuales circulaban como papel corriente en sus respectivos limites geográficos. Así el gobierno provincial pagaba los salarios de sus empleados con esas letras al portador que a su vez eran canjeadas y circulaban libremente por los comercios.

La imposibilidad, por ley del Congreso, de emisión de moneda por el gobierno federal y el exceso de endeudamiento externo (como país en crecimiento se tomaron créditos de muy fácil acceso pero leoninos intereses) generó toda la crisis ya conocida que terminó con la confiscación de los depósitos bancarios, la devaluación asimétrica de la moneda y uno de los caos económicos financieros más terribles en la historia de la economía mundial.

No hay duda que el populismo de la política no se lleva para nada bien con las ecuaciones económicas de los técnicos. El modelo económico de los 90, en la mayoría de los países de América latina fracasó, salvo en Chile, por no contar con una clase dirigente que entendiera que la variable de ajuste para el gobierno significaba el fin del financiamiento de la política con los recursos de los ciudadanos y la eliminación del clientelismo y prebendarismo.

Cuando los técnicos del Fondo nos pedían aplicar el lápiz rojo frente a este tipo de actitudes, sabíamos que era imposible convencer al dirigente de turno que había que achicar esos rubros.

Las cifras marcan realidades. En los últimos años los préstamos de diferentes organismos al continente ascendieron a 700 mil millones de dólares, cifra que sin haberla pagado, casi ha duplicado los niveles de pobreza en la región. La pregunta es: ¿si nos prestaron y no pagamos, donde se invirtió, en que se fue la plata? Por otra parte los niveles de recaudación fiscal siguen siendo muy bajos, teniendo un promedio global de un 35% de recaudación. Eso quiere decir que en la misma tendencia del populismo, tampoco se ve reflejada una intención de saber encontrar mecanismos idóneos y originales para buscar más recursos. Populismo con el dinero de otros es genial, el problema es cuando se seca la vaca, ya no hay y pretendemos seguir siendo generosos.

Hoy nos encontramos en épocas difíciles. Casi toda la región está pasando por una recesión muy delicada. Aun cuando nuestras democracias continúan consolidándose a partir de la suma y transparencia de sus procesos electorales, algunas voces cuestionan su capacidad de generar empleo, mejorar la calidad de vida de todos y combatir la seguridad. Muchos emigran y buscan fuera de nuestras fronteras su futuro. Algunos dirigentes culpan las políticas neoliberales implementadas y las recetas de los organismos internaciones y otros hablan ya con un discurso populista.

Aunque en muchos países todavía no hay deseos de profundizar las reformas, el retorno a un populismo, como el de antaño, es poco probable dado que no hay tampoco   acceso al dinero necesario para impulsarlo y sostenerlo. Asimismo, los pocos ejemplos de países de éxito y estabilidad demuestran que la base de ese éxito es el continuar profundizando dichas reformas.

Si bien no hay que retroceder a regímenes populistas o totalitarios, es importante revertir el negativo o lento desempeño económico de nuestro continente. Para ello hay que estar consciente de continuar introduciendo más y más libertades y romper con aquellos esquemas corporativistas que tanto daño nos han hecho. No ha de ser una receta impuesta, sino una convicción y una necesidad de una política de estado hacia el futuro.

Cuando hablamos de democracia, de consensos, de diálogo, de ruptura de viejos esquemas que frenan al desarrollo, también ponemos a los actores como principales ejes de este proceso de cambio. No podemos hablar de democracia sin que en la esencia misma sus instituciones no se produzcan las transformaciones necesarias. Cuantas veces observamos como quienes se llenan la boca hablando de democracia, jamás la ejercen internamente dentro de sus propias estructuras.

Y es en esta nueva realidad continental, en donde coexisten democracias y prevalece la liberalización de sus economías, debemos reafirmar el concepto que no existe democracia sin demócratas así como sociedad sin ciudadanos.