El arte de gobernar

Es sabido que la función de gobierno es siempre problemática. Lo es aún más en condiciones de crisis, en territorios a medio camino entre la modernidad tardía y el mundo posmoderno. En sociedades que están en proceso de su consolidación existe todavía un acumulado de dramas sociales espantosos. Si gobernar en los países mas desarrollados ya es problemático, imagine usted lo que significa la función pública en muchos de nuestros países encandilados con las quimeras del "cambio” como destino final de su demagogia.

Por si fuera poco, navegamos en estos tiempos en aguas revueltas por la efervescencia de las grandes proclamas, con muchedumbres entusiasmadas por el canto dulce de sus gobernantes.. Este no es un dato menor a la hora de evaluar el espacio público, la conformación del Estado o la acción de gobierno.

Justo aquí se plantea un dilema que puede estropear los sueños redentores: es preciso resolver la cuestión de la función pública como cuestión cotidiana ligada a los problemas de la gente y la orientación de esa acción hacia las transformaciones de envergadura.

Esta tensión requiere muchos desafíos y suele resolverse a favor de la pragmática de la gestión pública. Generalmente asistimos a la inquietante paradoja de un gobierno que lleva tiempo intentando generar cambios de fondo en la sociedad y a la vez atender los problemas urgentes de la gente pero lo real es que no logramos ni lo una ni lo otra. No están a la vista las grandes transformaciones y la gestión pública ordinaria es una calamidad. Burocratismo y corrupción están en la base de esta inopia gubernamental. Un Estado intacto (si no agravado) es lo que resulta de una gestión pública que está obligada a generar cambios significativos en los tejidos de una nueva institucionalidad pero que capitula en todos los escenarios donde esos cambios son más exigentes.

Es notorio observar como el discurso gubernamental siempre parece dirigido a cuestionar los desastres de algún "gobierno anterior", con el pequeño detalle de que han pasado años que dejan sin excusa posible todo lo actuado y sus omisiones. No se mide el tiempo y se está hace tarde para invocar las experimentaciones. La gente empieza a cansarse del cuento del ensayo y error. Ello no alude a cuestiones de "honestidad" política ni a la simple manipulación. Se trata de un rasgo mucho más enraizado en la manera de hacer política, es decir, el ejercicio de una convicción que puede ser muy sincera sobre la voluntad de producir un real cambio y la dificultad de hacerla viable en una sociedad compleja.

Gobernar en una cultura democrática es, en primerísimo lugar, la capacidad de generar gobernabilidad en medio de los conflictos y contradicciones. No es suprimiendo la diferencia que se gobierna. No es aniquilando simbólicamente al otro que se gobierna. No es uniformándolo todo que se gobierna. Justo al contrario: se gobierna a una sociedad y no a un pedazo de ella. Se gobierna en/con la diferencia constitutiva del otro. Se gobierna abriendo curso al conflicto y generando espacios para que se expanda la diversidad... Esta regla de oro es todavía materia pendiente.