¿Será por eso que la quiero tanto?

por Gustavo Ferrari Wolfenson

Volver a Morelia es encontrarme con los recuerdos de una época muy especial en mi vida. Estando en mi ciudad natal, Buenos Aires, pasando las vacaciones navideñas, recibí en los primeros días de enero del 2014 un llamado de una colega desde la presidencia de México el cual me preguntaban cómo veía Michoacán. Lo primero que les dije fue: esperen un segundo que les mando una foto. A casi catorce mil kilómetros de distancia tomé una foto del principal diario de la Argentina que en su primera plana decía “México en llamas, Michoacán sin control” y la nota venia acompañada de las imágenes de los autodefensas y un Padre Goyo haciendo sus sermones con un chaleco antibalas. Mi diagnóstico un tanto profesional y propositivo me trasladó a los pocos días a Michoacán a ser parte, como consultor externo, de la iniciativa presidencial que formó parte del Plan Michoacán lanzado por el gobierno de la República, con tres objetivos básicos: recuperar el orden territorial, recomponer el desorden institucional reinante y apoyar a través de acciones económicas y apoyos, la recuperación de un tejido social devastado por la delincuencia organizada.

Los casi dieciocho meses que viví en Michoacán me permitieron acompañar un proceso de cambios que quizá en la cotidianeidad no se reconozcan y mucho menos se valoren, pero que sí existieron y modificaron muchos de los parámetros existentes. Fueron tiempos intensos que dejaron muchas enseñanzas para todos, especialmente para mí, quien a pesar de mis casi cuarenta años de vida profesional, me encontré con un sinnúmero de momentos que me permitieron sentirme parte de un tiempo muy especial. Llegué acompañado de un equipo de trabajo de consultoría externa que se fue desintegrando por las propias ambiciones personales y protagonismo de algunos de sus miembros quien nunca entendieron que el trabajo en equipo es una suerte de engranaje aceitado donde quienes deben hacer la mayor fuerza se encuentran en los pilares de sostén, no en el exhibicionismo y protagonismo. Dichas ambiciones se fueron profundizando a tal punto que la traición, la falsa acusación y la prebenda se hizo cómplice de sus propias debilidades para llegar a un final tan insignificante que hoy navega con el recuerdo de una aventura frustrada.

Afortunadamente, la estrategia siguió su camino. Me crucé con gente que quizá nunca las buscaría en el camino de mi vida, pero al mismo tiempo, encontré amistades que lamento no haberlas encontrado antes. No es una cuestión de oportunismos, es una sensación de necesidades.

Compartimos y alimentamos proyectos con un alto sentido humano. Arrancamos agua de lugares infértiles, se dio vida a situaciones estériles y se recogieron cactus donde alguna vez brotaron las rosas. Tratamos de educar la conciencia ciudadana en terrenos áridos y baldíos. Sentimos Tierra Caliente a través de la voz de sus víctimas y dominadores, compartimos la misión terrenal de una teología liberadora de la violencia y vivimos con espanto como, ante el amparo e indiferencia de las propias autoridades, una señora subrogó la libertad natural de más de cuatrocientos chicos solitarios y les arrancó de raíz el sentido de la vida.

La vida moreliana, llenó de luces una misión que parecía sombría. Pasaron personajes, personas, amigos, conocidos, ocasionales compañeros y hasta afectos muy fraternos. Con las rudas noticias que se publicaban en el exterior sobre el contexto que se estaba viviendo en la región, recibí cientos de correos y mensajes preguntándome si estaba bien. Y mi respuesta era siempre la misma: “es una situación dura, pero me rodea y me protege el cariño y afecto de mis nuevos amigos y seres queridos”.

Como todo proceso que tiene su inicio, mi partida se fue dando con el final de la misión. Toda mudanza lleva a cerrar un capitulo, pero quizá, en mi interior, estaba abriendo otras oportunidades. Creo que a pesar de dormir cada noche en un diferente cuarto de hotel y sentir que mi medio de locomoción ordinario es un avión que recorre miles de kilómetros por el aire, no me fui de Michoacán. Semanalmente, vía esa magia de la comunicación inalámbrica, convivo con esos afectos recalados. Sigo apoyando en lo que puedo un estado cuya riqueza es envidia de muchos y que no merece estar como ha estado. La ruta del Tata Vasco, es la huella que dio vida a miles de pioneros, artesanos, hombres de Michoacán que forjaron su pasado para ser algo más que una negativa primera plana ilustrada en el otro lado del mundo y el argumento de telenovelas violentas que muestran una realidad que para nada orgullece.

Cierro esta columna del día de hoy, quizá muy lejos de mis usuales colaboraciones sobre temas económicos o políticos, con un pasaje de Jorge Luis Borges, que aplico a este baúl de mis recuerdos: “No nos une el amor sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto.”